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jueves, 8 de octubre de 2009

El Patrimonio Arqueológico y Cultural

Una responsabilidad de todos, una ley para pocos.

Exclusivo para Diario21 por Rubén A. Spaggiari
Colocado (200-42-74-202.wll.prima.net.ar) Fecha: Lunes, 13 Septiembre 2004, at 9:23 p.m.

En uno de los suplementos Ñ de Clarín del mes de septiembre del año 2004 se publicó una nota con la firma de Ezequiel Sánchez en la que se desgranaban opiniones encontradas sobre el patrimonio cultural y en particular sobre la preservación del “Patrimonio Arqueológico” de los argentinos y la controvertida Ley 25.743. Este artículo refleja mi opinión y observaciones al respecto.
En el año 1972 estando radicado en la Provincia de Río Negro, en la ciudad de General. Roca desde 1967, trabajando y estudiando en la Universidad del Comáhue, colaboraba con el antropólogo Miguel Hangel González, quien más influenció en mi orientación profesional, social y humanística, en un anteproyecto de Ley provincial sobre la “Defensa y preservación del Patrimonio Arqueológico y Paleontológico” de la referida provincia.
En éste emprendimiento nos hallábamos desde el Instituto de Ciencias Sociales de la ciudad de Gral. Roca, dependiente de la UNC. Junto con el paleontólogo Rodolfo Casamiquela, oriundo de la Capital de la provincia, Viedma desde donde ejercía una suerte de liderazgo de las ciencias afines.
Miguel H González era un antropólogo llegado a la ciudad y a la provincia desde la Capital Federal y desde un corto período como funcionario en la provincia de Chaco.
Egresado de las primeras promociones de la carrera de antropología de la UBA era muy respetado por sus pares y maestro a muchos de los cuales conocí y con los cuales trabé una gran amistad, Ciro René Lafón, Blas Alberti, entre otros.
Había decidido que los aires del Alto Valle de Río Negro serian más propicios para su forma de pensar y sentir las ciencias sociales que Buenos Aires después de la “Noche de los Bastones Largos” Yo, por entonces estudiante de filosofía y letras y asistiendo a los cursos de antropología y afines, desarrollados en el instituto, me convertí en un entusiasta aficionado a la antropología, a la antropología social en particular, disciplina que luego asumí como propia y que aún hoy cultivo desde el llano, complementando mi actividad periodística. Por supuesto que en aquellos años mi posición era interesada y afortunadamente había recibido mis primeros pasos en el tema con el Rdo. Padre Marchesotti de la orden Salesiana con quién había colaborado, viajando por toda la Patagonia, en la reorganización de los museos dependientes de esa orden o de sus instituciones educativas.
Ya conocía las necesidades y graves falencias de dichas instituciones, de precaria existencia por entonces, como así también las propuestas, peticiones y reclamos de coleccionistas y eventuales arqueólogos y paleontólogos aficionados que interactuaban con ellos.
Conocía del valor inconmensurable de la actividad desarrollada por estos inexpertos pero voluntariosos “buscadores” en un territorio tan extenso como imposible de controlar por autoridad alguna.
Comprobé su dedicación en tiempos libres a su pasión por la búsqueda de “restos antiguos o dinosaurios” que, por supuesto hacían poniendo sus vehículos, dinero y tiempo con el secreto afán del gran descubrimiento, que por supuesto pocas veces se daba.
También sabia de la enorme preocupación, de siempre, de los especialistas por poner límites a una depredación incontrolable.
Por esos años asistí a un curso de arqueología de campo en la sede Neuquen de la UNC con Juan Schobinger en el que participaron muchos de estos aficionados de dicha localidad y algunos de localidades vecinas y uno de los temas que se trataron fue justamente la revalorización genuina de ese trabajo y la imperiosa necesidad de buscar una alternativa viable que no fuera solamente la prohibición, casi imposible de practicar en las actuales condiciones de entonces.
Hoy la cosa en este aspecto poco a cambiado y sería igualmente imposible.
Muchos de los “buscadores” de entonces formaron con las colecciones privadas sus propios museos que, por mucho tiempo fueron los únicos establecimientos donde los interesados y el público podía ver nuestro pasado en su propia ciudad.
De lo contrario el fuerte de ésta actividad se centraba, hasta no hace mucho, en La Plata, Buenos Aires o en las capitales de provincias, Córdoba, Santa Fe. Tucumán, Salta, San Juan, Mendoza, La Rioja, entre otras, donde existían importantes Museos, que curiosamente muchos de ellos fueron iniciados con las colecciones privadas donadas por sus dueños.
Por todo esto valorizábamos la importancia de éste proyecto en una provincia que, al igual que el país, se ocupaba poco de proteger y preservar, su patrimonio e identidad cultural vigilar y controlar su depredación. Sé hacia necesario instruirlos y convertirlos en agentes de un proceso de cambio sustancial que contemplara dichos objetivos y para ello nada más efectivo que incorporarlos y comprometerlos con ésta filosofía.
Por eso en nuestro anteproyecto se creaba la “escuela de arqueología y paleontología de campo” de carácter volante para instalarla allí donde se hallaran los grupos interesados.
Con éste fin hablamos con autoridades de la congregación de Don Bosco ya que un compañero de estudio en filosofía y letras era el Pdre. Martín Dunrrauf, prestigioso docente y luego director de varios establecimientos de dicha congregación.
Esta se comprometía a brindar el espacio físico para impartir las clases en sus escuelas, y es sabido que estás se hallan allí donde existe un poblado en todo el territorio patagónico.
Si esto se lograba podría contarse con colaboradores inestimables de los profesionales, celosos vigilantes del patrimonio cultural, con conocimiento para fotografiar, comunicar el hallazgo, registrarlo en los mapas y colaborar en las excavaciones siendo parte activa del descubrimiento.
Hoy los modernos Paleontólogos que formó en su mayoría el gran maestro Bonaparte, tanto en el Museo de La Plata Como en el Bernardino Rivadavia, saben lo que significa un buen colaborador en el terreno, cuando uno se halla en los trabajos de investigación, en el laboratorio o en la difusión y divulgación de la tarea conjunta.
A todos debiera haberle servido la experiencia de Carlos Ameghino y su hermano Florentino, quién recibía el material que el primero le enviaba desde sus excavaciones.
Es cierto que se cometieron muchos errores, otro tiempo otra ciencia, pero como muda pero eficaz corroboración del acierto están las más de 900 especies que F. Ameghino ingresó en el catálogo de la paleontología colocando por entonces a nuestro país y su incipiente ciencia en el mapa mundial de la paleontología.
Su obra es maravillosa y mucho de ella se debe al trabajo silencioso de dos autodidactas, que paradójicamente son ignorados en su país de origen y admirados, me consta, en toda Latinoamérica.
Regresando al proyecto, está demás decir que los especialistas y en particular Casamiquela se opusieron a que "no profesionales" se incorporaran a una actividad privativa de los “especialistas”, el mismo lenguaje que utiliza el Director del Museo Etnográfico “JuanBautista Ambrosetti” José Antonio Pérez Gollán en la nota del suplemento Ñ de referencia cuando dice: “...la arqueología es la única herramienta para el estudio de la historia más antigua.
En tanto disciplina científica actual, la arqueología tiene el compromiso...”. ¿Quién discute que esto sea así? Nadie por cierto.
Sin embargo este pensamiento reduce a un privativo coto para intelectuales que por lo general se enquistan en los sitios de poder académico, el uso de dicha herramienta que según Gollán lo reconoce, “en tanto disciplina actual” por ser de joven factura deja un pasado rico sin su valiosa guía.
Yo le pregunto que hacemos con lo que ya se realizó y como se ejercerá en el futuro el rol de vigilador del patrimonio nacional, si sólo hacemos una Ley prohibitiva y castradora del entusiasmo que debe canalizarse y no atrofiarse.
Tal como lo expresa Edgardo Krebs el patrimonio cultural es de todos y el Estado no representa a todos.
El pueblo es el responsable de su preservación y debe vigilar que se actúe con diligencia y efectividad participando en las determinaciones sobre el particular y no aceptando calladamente el la postura de unos pocos.
No se puede atacar libremente a quienes desde hace años el trabajo que deberían haber hecho los Gollán, los Casamiquela o el Estado, lo que deberíamos haber hecho todos nosotros con nuestro dinero y no mirar para otro lado.
Creer que el Mercado Negro de arte o piezas arqueológicas se terminará por la puesta en vigencia de una Ley, es inspirador pero poco práctico y hasta infantil e hipócrita.
Para defender nuestro patrimonio no basta estar dentro de la legalidad y que esto sea manejado desde los claustros académicos por especialistas, es menester como en toda actividad responsabilidad de todos la participación de la sociedad global, ejerciendo la educación de los sectores interesados creando conciencia sobre la gran importancia que ésta tarea tiene para la sociedad presente y futura.
¿Quién preserva más, aún con leyes restrictivas, un estado inexistente, con los organismos de contralor colapsados y totalmente desacreditados y sus fuerzas de seguridad desprestigiadas, superadas y jaqueadas? O aquellas personas que hoy sólo cuestionamos porque formaron sus colecciones privadas.
Es cierto debemos evitar que de ahora en más se vendan piezas al extranjero y al mejor postor, indiscutible pero no debemos mezclar todo en la misma bolsa.
Una cosa es frenar el comercio y otra cosa es cercenar el trabajo genuino que tan buenos frutos ha dado o se olvidan de los logros paleontológicos, de las tres últimas décadas. Allí está una pléyade de entusiastas colaboradores de Novas, Coria, Bonaparte con Rubén Carolini a la cabeza , un visionario mecánico, hoy Director del Museo Paleontológico de El Chocón (Aspecto que sí deberiamos analizar en profundidad) y tantos otros, que deberé dedicar una nota integra a describir sus hallazgos y el legado que nos han dejado.
Una Ley federal a la que las provincias deben incorporarse que contemple aspectos formativos del potencial que tenemos y que por cierto limite la comercialización y el éxodo de piezas arqueológicas sin prohibir ni castrar las iniciativas y emprendimientos privados controlados por estamentos académicos, tal como se está haciendo ahora en paleontología, paradigma que deberíamos analizar, es algo que hace mucho estamos esperando.
Sin embargo veo para mi desesperanza que algunos “profesionales” siguen manteniendo cotos exclusivos con el eufemismo de proteger el patrimonio cultural.

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